Usted, que duerme tranquilo en las noches es un privilegiado. Yo me despierto varias veces de pesadillas, cada vez más reales, en las que me matan o me violan.

Pesadillas que combinan mis mayores miedos, pero también los recuerdos de mis días.

Soy un hombre trans queer y me siento amenazado. Cada vez tengo más miedo de salir a la calle, más miedo de ser asesinado por mi identidad de género y/o mi orientación sexual.

Tengo un proyecto de vida, pero necesito vida para poder realizarlo. Necesito poder dormir tranquilo, poder caminar tranquilo, poder trabajar, y estudiar, y pagar cuentas, y estar tranquilo.

Todos, por alguna razón, damos vueltas en la cama. Yo lo hago porque hay un discurso de odio que recorre las calles de Costa Rica, que infecta a miles de personas y les hace creer que no soy un ser humano, que no soy válido, que no tengo Derechos, pero ellos sí tienen el derecho de invalidarme, de excluirme, de discriminarme y de atacarme. Que pueden anularme como ya lo hicieron con tantxs otrxs.

Soy una persona como cualquiera: pago impuestos, compro comida en el supermercado, trabajo duro, tomo el bus, Uber, manejo, sueño con seguir estudiando, con avanzar profesionalmente, con que mi relación de pareja crezca y florezca. Sueño con lo mismo que sueña usted.

Por lo menos de día.

Mientras de noche usted sueña con un actor u actriz, o no sueña de lo bien que duerme, o se imagina en un viaje maravilloso o una escena sexual agradable, yo me despierto gritando en la madrugada, agotado, porque paso mis días escapando del odio y también mis noches.

Sueño que los asesinxs vienen tras de mí, gritándome “mujercita” y “playo de mierda”; sueño que los violadores vienen a atacar mi cuerpo porque soy un fetiche, un objeto, una rareza que debe ser explotada para el disfrute de otros.

Y me despierto de esos sueños a ser discriminado y agredido, en mayor o menor escala, en prácticamente todos los espacios de mi vida.

Imágenes con fines ilustrativos

Tengo problemas para comer, porque pierdo el apetito o somatizo esta angustia y este miedo en el estómago.

Tengo problemas para socializar porque siento que cada persona que conozco es una o un potencial agresor.

Tengo problemas para tener una vida “normal” porque en cada espacio, desde el bus hasta el banco, me discriminan.

Levantarse en las mañanas requiere de una energía cada vez más grande, y una motivación que cada día merma más.

Estoy agotado. Vivir con miedo es agotador.

Pero ahí está, esa marcha. Esas miles de personas que piensan que tienen el Derecho a decirme quién ser, cómo vivir, y cómo morir, en sus manos.

Mientras los ataques hacia la Comunidad LGBTTIQ aumentan, la censura de los medios crece, y el odio se disemina como fuego en el zacate reseco, me siento cada vez más sólo, más aislado, más indefenso.

Siento que no tengo oxígeno, que no hay escapatoria. Y tiemblo. Y lloro cuando nadie me ve, y trato de dormir pero no puedo porque ahí, en la oscuridad y el silencio de la madrugada, revivo el último ataque del que fui víctima.

Porque un grupo de esta sociedad decidió que yo no soy válido y que no tengo el derecho a gozar de ese privilegio de vivir, de ser, y de dormir tranquilo.

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